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Algunas personas
nos han escrito sugiriéndonos que pongamos más enseñanzas,
temas de formación y de espiritualidad en nuestra página
de Internet, sugerencia que nos agrada mucho y más aún lo
teníamos en mente hace algún tiempo. Lamentablemente, por
razones de salud en los miembros que componemos este
ministerio, no lo habíamos logrado.
Bajo el link "reflexiones", desde
nuestra página principal, usted podrá acceder los
diferentes temas que irán apareciendo de ahora en adelante.
Puede además encontrar en el link "Nuevo"
las noticias, sucesos y actividades que puedan ser de
interés para la comunidad parroquial y para los que nos
visitan y comparten con nosotros. También puedes conectarte
con El Vaticano.
Esperamos complacer, en lo posible, las peticiones de
enseñanza y de oración y así poner un granito de arena en
la evangelización de la Iglesia usando este medio innovador
de la Internet.
Orando
con la Iglesia en Cuaresma
Por Hno. Pascual Perez, H.Ch.
En la oración de la Iglesia, al
comenzar la Santa Cuaresma, se nos invita a la penitencia, a
la oración, de forma especial a la reconciliación, a las
obras de caridad, al ayuno y a la limosna, pero sobre todo a
buscar un encuentro personal con el Señor. En el rezo del
primer domingo de la Cuaresma encontramos la siguiente
plegaria: "Insigne defensor de nuestra causa, Señor y
Salvador del pueblo humano, acoge nuestras súplicas
humildes, perdona nuestras culpas y pecados". Con esa
actitud debe, cada uno de nosotros los cristianos, comenzar
este tiempo de gracia y misericordia del Señor. No de
manera rutinaria o para cumplir con lo designado por la
Iglesia: mayor oración, penitencia y reconciliación, sino
porque estamos convencidos de que "sin santidad
nadie verá al Señor".
"No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios", leíamos en el evangelio del primer domingo
de Cuaresma. Por eso tenemos que fortalecernos con la Palabra Divina y comer del
augusto sacramento del altar, la Eucaristía, que Jesús nos ofrece de forma
misericordiosa durante este tiempo para alimentar nuestra alma y fortalecernos
contra le pecado como vemos en el evangelio que contiene el relato de las
tentaciones de Jesús. En la oración de la Liturgia de la Horas recitamos: "Te
pedimos, Señor todopoderoso, que las celebraciones y las penitencias de esta
Cuaresma nos ayuden a progresar en el camino de nuestra conversión: así
conoceremos mejor y viviremos con mayor plenitud las riquezas inagotables del
misterio de Cristo. Que vive y reina contigo".
En el texto sagrado de esta misma semana, la primera semana
de Cuaresma, encontramos el significado más claro y bello que tiene este tiempo
especial de sacrificio por y para el Señor. "Fue llevado Jesús por el
Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio, y, después de ayunar
cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre". Cuarenta = a Cuaresma.
Queda claro en el evangelio cuál es el propósito de la Cuaresma. Jesús ayunó,
hizo sacrificio, pasó hambre y sintió hambre, pero también fue tentado y no
una vez sino tres veces, pero la lección para nosotros es que aprovechando al
máximo nuestra Cuaresma venceremos la tentación, venceremos al tentador, lo
echaremos fuera como lo hizo Jesús. Para eso es este tiempo de gracia del
Señor para fortalecer nuestra vida espiritual y así alcanzar la Pascua de la
Resurrección en la que gozaremos y permaneceremos con El para siempre.
Te invito a que lo tomes muy en serio y aproveches este
tiempo a su máxima capacidad. Imita a Jesús, vive lo que El te pide,
compórtate como el Señor quiere, sigue el consejo de su madre la Santísima
Virgen María, "hagan lo que El les diga" y verás la gloria de Dios y
permanecerás con él por toda la eternidad. El nos asegura que seremos dichosos,
felices para siempre si le seguimos en espíritu y verdad. " Dichosos
los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos quedarán saciados"
(Mateo 5:6). Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"
(Mateo 5:8). Que el Señor te ilumine y te ayude para que disfrutes de una
santa Cuaresma y logres la tan esperada Pascua de Resurrección aquí, y que
ésta se remonte hasta la vida eterna. Que así sea.
Quisiera
que reflexionemos por un instante la diferencia de la virtud
en teoría, pero no en la práctica, cosa muy común, pero que
no alcanzamos a comprender por la falsedad que encierra.
Este tema te parecerá un poco controversial o más bien
increíble, pero verás que es una realidad en nuestras
vidas.
El
suponer que una persona sea virtuosa porque practica las
virtudes, y a la vez, ver que eso no necesariamente es así,
me parece algo un poco difícil de explicar y comprender.
Decía San Francisco de Sales que es un error muy frecuente,
especialmente entre personas espirituales, imaginarse que
tienen ciertas virtudes, solamente porque no tienen los
vicios opuestos a esas virtudes. Pero existe una distancia
enorme entre tener una virtud y no tener el vicio opuesto.
El dejar de hacer lo que no se debe hacer, el dejar de obrar
el mal, es algo sumamente bueno, pero eso no es suficiente
para afirmar que se tiene la cualidad a eso malo que se deja
de hacer. Para tener una virtud es necesario practicar actos
positivos acerca de esa
virtud.
Hermano,
quiero llevarte a reflexionar responsablemente en lo
siguiente: Decir que una persona tiene paciencia y buen
genio, cuando no hay nadie que le ofenda ni le lleve la
contraria ni lo humille, es una equivocación; porque lo
raro y monstruoso sería que demostrara impaciencia y mal
genio cuando nadie se le opone y le ofende. Tu muy bien
sabes que hasta las mismas fieras más feroces de los circos
se muestran mansas con aquellos que les hacen especiales
favores y que se esfuerzan por contentarlas y por no
irritarlas. Sería raro que el tigre se enfureciera con el
que le trae sabrosa carne, o que la serpiente demostrara mal
genio contra quien le hace oir una música agradable.
Aplicándonos
la realidad, todos sabemos que hay personas dulces y amables
y del mejor genio del mundo, pero mientras nadie les lleva
la contraria. Sin embargo, aguarde a que algo le resulte mal
o alguien les trate con desprecio o le humille, ahí sí que
estallan como
un volcán. No nos quepa duda que se cumple en ellos lo que
dice el salmista: “Apenas los tocan echan humo”. Son
como esas brasas escondidas entre cenizas que cuando las
revuelcan queman a los que las tocan. Podemos decir, también,
que se parecen a ciertos ríos de tierra plana que por
encima parecen quietos y muy tranquilos, pero por debajo
corre una fuerte corriente que es capaz de arrastrarlo y
ahogarlo. Gentes así no tienen el vicio de airarse y de
estallar en mal genio, porque nadie las vive atacando pero
tampoco tienen la virtud de la paciencia, porque apenas las
contradicen se llenan de impaciencia.
Decía
San Gregorio, que ser amables con los que nos tratan
amablemente es cosa fácil y nada difícil. Pero que el
demostrar paciencia y amabilidad con los bruscos, los mal
educados, los inoportunos, y ser bondadoso en el hablar con
los que son mal educados y hablan mal de nosotros, eso sí
es verdadera virtud. Este fue el caso de Moisés, del cual
afirma la Sagrada Escritura que era el hombre más manso y
humilde del mundo, y el caso especialísimo de Cristo, de
quien dice San Pedro: “A los que le trataban mal no les
respondía con insultos”. Me parece muy bien que tú y yo
sigamos el ejemplo de Moisés pero mejor aún sigamos el
ejemplo de Jesucristo.
Hemos
escuchado, con frecuencia, el dicho común de que algunos
dicen muchas palabras pero hacen muy poco. Lamentablemente
son muchos elocuentes en ponderar lo importante que es la
virtud de la paciencia y tratar amablemente a todos. Pero a
la menor ofensa que reciben estallan en cólera. La
paciencia la tenían en la punta de la lengua, pero en la práctica
la tal virtud no
existía. Todo era sólo teoría.
¿Cuándo
es que se consigue la virtud?
A San Francisco de Sales le gustaba repetir: “La
virtud no se consigue en tiempo de paz, cuando nada sucede
en contra de ella. Muchos aparentan tener paciencia, pero es
porque nadie les contradice ni les ofende. Son ejemplares de
amabilidad y bondad, pero tan pronto alguien les toque y
humille, inmediatamente se les acaba la dulzura y aparece el
mal genio. Con lo cual se demuestra que su virtud es de
apariencia y de palabras,
pero no de obras. Hay mucha diferencia entre no tener
un vicio y poseer la virtud contraria a ese vicio. Lo que
sucede es que nuestras pasiones están dormidas, pero apenas
alguien las despierta nos atacan y nos derrotan.
Por eso hay que ser humildes y no pensar que poseemos
una virtud sólo porque no tenemos el vicio opuesto”. Que
el Señor nos ayude a ser humildes y reconocer nuestra pequeñez
y poquedad para que con la ayuda de su gracia podamos vivir
las virtudes según su voluntad.
Que
Dios te bendiga.
Camino
de conversión
Arrepentíos,
pues, y convertíos (Hechos 3:19)
Debemos de
reflexionar
sobre la necesidad de una conversión profunda y permanente en nuestras vidas.
No es decir que hoy me convertí al Señor; la realidad es
que todos los días de mi vida deben ser una progresiva conversión
con entrega y dedicación a la voluntad de Dios en mi peregrinar por esta vida.
Los
temas para estos próximos meses son: “Conversión Permanente, Guiados por
el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo de vida, Vocación universal a la
santidad y Penitencia y reconciliación”.
Damos
comienzo con la reflexión de su Santidad Juan Pablo II en su exhortación apostólica:
“La Iglesia en América”.
La
conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino
que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es
un empeño que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras estamos en este
mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente amenazado por las
tentaciones. Desde el momento en que ‘nadie puede servir a dos señores’ (MT
6,24), el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de asimilar
los valores evangélicos que contrasta con las tendencias dominantes en el mundo.
Es necesario, pues, renovar constantemente ‘el encuentro con Jesucristo
vivo’, camino que, como han señalado los Padres sinodales, ‘nos conduce a
la conversión permanente’.
El
llamado universal a la conversión adquiere matices particulares para la Iglesia
en América, comprometida también en la renovación de la propia fe. Los Padres
sinodales han formulado así esta tarea concreta y exigente: ‘Esta conversión
exige especialmente de nosotros Obispos una auténtica identificación con el
estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la
cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como El, sin colocar nuestra
confianza en los medios humanos, saquemos, de la fu0erza del Espíritu, y de la
Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a
aquellos que están sumamente
lejanos y excluidos’.
Para ser Pastores según el corazón de Dios (cf.Jr
3,15), es indispensable asumir un modo de vivir que nos asemeje a Aquel que dijo
de sí mismo: ‘Yo soy el buen pastor’ (Jn 10,11), y que San Pablo evoca al
escribir: ‘Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo, (I Col.11,1).
Una vez hemos reflexionado por algún tiempo el
tema "Conversión Permanente", sería bueno pasar a otro tema que nos
lleve a vivir lo que quiere el Señor de nosotros, un nuevo estilo de vida. Para
lograr vivir un nuevo estilo de vida es indispensable la ayuda del
Paráclito, el Espíritu Santo. Leemos en la continuación de su carta pastoral
lo que Su Santidad Juan Pablo II nos advierte con gran insistencia: "Tenemos
que dejarnos guiar por el Espíritu Santo".
La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para los pastores,
sino más bien para todos los cristianos que viven en América. A todos se les
pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana. ‘En
efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias
cristianas, la cual es <<la vida en Cristo >> y <<en el
Espíritu>>, que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en
esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial’. En este
sentido, por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión, se
entiende no ‘una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu
Santo’. Entre los elementos de espiritualidad que todo cristiano tiene que
hacer suyos sobresale la oración. Esta lo ‘conducirá poco a poco a adquirir
una mirada contemplativa de la realidad, que le permitirá reconocer a Dios
siempre y en todas la cosa; contemplarlo en todas las personas; buscar su
voluntad en los acontecimientos’.
La oración tanto personal como litúrgica es un deber de todo
cristiano. ‘Jesucristo, evangelio del Padre, nos advierte que sin El no
podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). El mismo en los momentos decisivos de su vida,
antes de actuar, se retiraba a un lugar solitario para entregarse a la oración
y a la contemplación y pidió a los Apóstoles que hicieran lo mismo’. A sus
discípulos, sin excepción, el Señor recuerda: ‘Entra en tu aposento y,
después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto’
(Mat.6,6). Esta vida intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y
condición de cada cristiano, de modo que en las diversas situaciones de su vida
pueda volver siempre ‘a la fuente de su encuentro con Jesucristo para beber
del único Espíritu’ (1Co.12,13). En este sentido, la dimensión
contemplativa no es un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario,
en las parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de promover una
espiritualidad abierta y orientada a la contemplación de las verdades
fundamentales de la fe; los misterios de la Trinidad, de la Encarnación del
Verbo, de la Redención de los hombres, y las grandes obras salvíficas de Dios.
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación
tienen una misión fundamental en la Iglesia que está en América. Ellos son,
según expresión del Concilio Vaticano II, ‘honor de la Iglesia y hontanar de
gracias celestes’. Por ello, los monasterios, diseminados a lo largo ancho del
Continente, han de ser; ‘objeto de peculiar amor por parte de los Pastores,
los cuales estén plenamente persuadidos de que las almas entregadas a la vida
contemplativa obtienen gracia abundante por la oración, la penitencia y la
contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos deben ser
consientes de que están integrados a la misión de la Iglesia en el tiempo
presente y que, con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien espiritual
de los fieles, ayudando así para que busquen el rostro de Dios en la vida
diaria’.
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo
de una vida sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente de
inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al creyente en su
peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada con los valores de su
piedad popular, los cuales a su vez se verán enriquecidos por la práctica
sacramental y libres del peligro de degenerar en mera rutina. Por otra parte, la
espiritualidad no se contrapone a la dimensión social del compromiso cristiano.
Al contrario, el creyente, a través de un camino de oración, se hace
consciente de las exigencias del Evangelio y de sus obligaciones con los
hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia indispensable para perseverar en el
bien. Para madurar espiritualmente, el cristiano debe recurrir al consejo de los
ministros sagrados o de otras personas expertas en este campo mediante la
dirección espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los
Padres sinodales han creído necesario recomendar a los sacerdotes este
ministerio de tanta importancia.
Amor
al prójimo
Por: Hno.
Pascual Pérez, H.Ch.
Continuamos,
en esta ocasión, compartiendo con nuestros lectores algunos puntos de reflexión
tomando como modelo los enfoques cristianos de un gran santo de quien les hablé
en la edición anterior, San Francisco de Sales.
A
San Francisco le impresionaban las enseñanzas de San Agustín, doctor de la
Iglesia, cuando éste decía: “Si amas al prójimo porque es de tu familia,
ese es un amor natural. Si
amas a alguien porque te atrae y te emociona, ese es amor sentimental.
Si amas porque esa persona te puede hacer favores, ese es amor interesado.
Si amas porque es una criatura hecha a imagen de Dios y porque todo favor que
hacemos al prójimo lo recibe Cristo como hecho a Él, entonces sí, tu amor
es “Amor de Caridad”. Insistía
en que amar a las personas que nos resultan simpáticas es algo muy fácil y
eso lo hace todo el mundo. Pero amar porque Dios manda amar a todos y porque
los demás son hijos de Dios, ese sí resulta más difícil. Ahora piensa con
detenimiento, ese amor sobrenatural es el más perfecto, el más
costoso, pero es a la vez el que más premios traerá para esta vida y sin
lugar a dudas, para la otra.
Sería
para nosotros muy fuerte pensar que hemos de amar como nos ama Dios, pero
quiero que pienses en lo siguiente: El buen Dios no nos ama porque nosotros
somos buenos (pues no lo somos) sino porque El es bueno. Y así debería ser
nuestro amor hacia las demás personas: Amar no porque los demás son buenos,
amables y simpáticos, sino sencillamente porque tenemos un buen corazón que
sabe amar a todos sin distinción de personas.
Nos
dice San Francisco de Sales que es bueno fijarse en las cualidades y virtudes
de los demás, reconocer los favores que nos han hecho, y eso aumentará
nuestro amor hacia ellos, pero hay que referirlo todo a Dios que es el que les
ha regalado esas cualidades y dones, y llevar nuestro amor de manera que
amemos al prójimo pero en Dios, y por amor de Dios y para agradar a Nuestro
Señor. Así no tendremos peligros de que nuestro Divino Juez
nos diga en el día del juicio la frase impresionante que Jesús le
dijo a los fariseos que sólo buscaban aparecer bien y ganarse la simpatía y
el respeto de la gente: “Ya recibieron su recompensa en esta vida”.
Nada les queda para el cielo.
Quiero
terminar con aquella frase del libro
del Eclesiastés “Hay algo aún
peor que la misma muerte, y es una amistad sensual que lleva al pecado”.
Pidamos al Señor como el profeta
Ezequiel que cambie nuestro corazón de piedra por uno de carne. “Yo les
cambiaré ese corazón que tienen duro como de piedra, y lo transformaré en
un corazón nuevo, capaz de amar”. Que
Dios te bendiga.
Conserva
a tus amigos
Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal
carácter. Su
padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la
paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el
muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a
medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos
detrás de la puerta. Descubrió que era más fácil controlar su genio que
clavar clavos detrás de la puerta. Llegó el día en que pudo controlar su
carácter durante todo el día.
Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo
cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo
anunciar a su padre que no quedaban mas clavos para retirar de la puerta... Su
padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: "has
trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca mas
será la misma. Cada vez que tu pierdes la paciencia, dejas
cicatrices exactamente como las que aquí ves." Tu puedes insultar a
alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas lo devastará, y la
cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una
ofensa física. Los amigos son en verdad una joya rara. Ellos te hacen reír y
te animan a que tengas éxito. Ellos te prestan todo, comparten palabras de
elogio y siempre quieren abrirnos sus corazones. Muestra a tus amigos cuánto
te importan y envía este mensaje a quien consideres tu AMIGO,
TU ERES MI AMIGO Y PARA MI ES UN HONOR
Este mensaje me lo envió un amigo y
ahora te lo paso a ti. Por favor perdóname si alguna vez dejé una cicatriz
en tu puerta.
Dominio
Propio
Por:
Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Con
la mejor intención de aportar a la evangelización de nuestra Iglesia,
pretendo llegar a los hermanos de la Renovación Carismática Católica por
medio del periódico el “Nazareno” y a todos los que tengan la oportunidad
de entrar a nuestra página de Internet. Quiero compartir algunas ideas o
temas que, mientras disfruto la lectura de algunos libros de espiritualidad,
me parece que serán de gran ayuda a los hermanos y hermanas que lean estos
artículos. Una de las reflexiones que me gustaría compartir, con nuestros
lectores, es la importancia de dominar las malas inclinaciones.
Recuerdo
haber leído de San Francisco de Sales que algunas veces decía una bella
frase que podemos calificar como “afirmación de oro” o “palabras con
luz”. Es la siguiente: “A quien más domina y mortifica sus
inclinaciones naturales, le llegan más inspiraciones celestiales”.
Quien más fuertemente se enfrenta contra sus malas inclinaciones, más recibe
del cielo bendiciones.
Con
gran sabiduría solía decir: Hay un medio sumamente efectivo para atraer
favores y regalos del cielo; mortificarse exteriormente e interiormente.
Mortificar los sentidos exteriores y los sentimientos del corazón. Yo he
notado que la persona que se mortifica y le lleva la contraria a sus
inclinaciones sensuales y a sus pasiones, obtiene de Dios favores admirables.
Una vez empezamos a mortificarnos podemos ir adquiriendo una especial
facilidad para lograrlo. Podemos decir que vamos logrando una gracia especial
para el dominio propio, algo tan importante en nuestra vida espiritual.
Qué hermoso si cada uno de nosotros puede repetir con San Pablo: “Llevo
conmigo y en mi ser las mortificaciones que sufrió Cristo, para que
también la vitalidad de Jesús se manifieste en mi existencia” (2 Cor.
4:10).
Decía
el santo de Sales que a quienes se mortifican y se sacrifican por amor a Dios
les sucede como a aquellas víctimas que el profeta Elías ofreció a Dios en
sacrificio: “Les cae fuego sagrado del Cielo” (1 Reyes 18:38) o
sea, les llegan luces y gracias celestiales que les iluminan y les
enfervorizan y les van quitando sus imperfecciones.
A
este gran santo le gustaba recordar en sus predicaciones que el MANÁ del
cielo no fue enviado por Dios a los israelitas mientras éstos tenían todavía
la harina que habían llevado de Egipto, y que lo mismo les sucede a los
creyentes: mientras no se despojen de ciertas malas inclinaciones y apegos
sensuales y mientras no se mortifiquen sus inclinaciones naturales, no les
empiezan a llegar ciertas gracias y favores especiales que Dios regala a las
almas escogidas.
El
Señor sigue repitiendo lo que dijo en tiempos del diluvio: “Mi espíritu
no permanece continuamente en la criatura humana porque se comporta como si no
fuera mas que carne (Gen. 6.3). Muchos
hermanos y hermanas no progresan en la santidad y se quedan
siempre en la mediocridad porque no se niegan a sí mismos, y no les
llevan la contraria a sus malas inclinaciones y no mortifican sus
inclinaciones naturales. Conclusión:
Tenemos que luchar diariamente para que, negándonos a nosotros mismos,
podamos conseguir la santidad que nuestro buen Dios quiere para todos
sus hijos. Que Dios te bendiga
Desear
la Eternidad
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Nos
cuenta Mons. Francisco de Sales que en una de sus visitas pastorales, en un
pueblecito de su diócesis, se encontró con un
pobre campesino moribundo quien deseaba recibir su visita. El santo que
tenía como lema aquella frase del libro de los Proverbios: “No niegues
un favor a quien lo necesita si en tu mano está el poder de hacerlo”,
se fue a visitar al enfermo y lo encontró ya muy grave, pero en plena lucidez
mental. Emocionado de gozo el sencillo campesino al ver que se le había
cumplido el deseo de ser visitado por tan apreciado obispo, le recibió con
las palabras que el santo profeta Simeón dijo al ver a Jesús: “Señor,
ya me puedes dejar partir en paz para la eternidad, porque he visto al que
tanto deseaba mi alma”. No nos quepa la menor duda que esta expresión bíblica
en la boca de un moribundo tiene un gran significado espiritual. El campesino
pidió a los presentes que se salieran de la habitación e hizo con el Santo
Obispo una confesión de toda su vida. Siempre es aconsejable que en momentos
de peligro de muerte se haga una buena confesión general, o sea, de toda la
vida.
Un
dato curioso vemos en este caso en particular; después de recibir la absolución
le hace una pregunta, con mucha confianza, a su confesor. Monseñor: ¿Me
moriré de esta enfermedad? Como era de esperarse, en esta situación, el
santo le dijo: He visto a otros más
grave que usted y se han sanado. Pero es necesario que se ponga totalmente en
las manos de Dios y acepte toda lo que Él permita que le suceda. Hermanos,
fijémonos cuidadosamente en las preguntas que hace este moribundo. Monseñor,
¿pero según parece, que es más probable: que yo sane de esta enfermedad o
que me muera de este mal que tengo? Sabiamente le contesta aquel santo obispo: Pues el médico le
podría responder mejor que yo. Pero mi consejo es que acepte plenamente todo
lo que nuestro buen Dios permita que le suceda.
Lo que sí le digo es que usted está en tan buenas condiciones
espirituales que si se muere como está, tiene asegurada la eterna salvación.
Ahora
fijémonos en la repuesta y actitud de este buen campesino. Le dice: Gracias
Monseñor, yo le hago estas
preguntas no porque tenga temor a morir, sino porque tengo temor a no morir,
y lo que más me costaría aceptar sería sanar de esta enfermedad y tener
que seguir viviendo sobre la tierra. Es sorprendente escuchar semejante
aseveración. Oír estas afirmaciones que ordinariamente sólo personas muy
perfectas desean que llegue la muerte para ir al cielo, es, sin lugar a dudas,
maravilloso. Se pueden escuchar también de personas muy malas que en su
desesperación quieren morirse, pero la gente común no desea morir. Cuando
Monseñor le pregunta al enfermo cuál es la razón que le hacía no querer
seguir viviendo en este mundo, él le da una contestación digna de elogio. “Ah
Padre: es que aquí hay tantos peligros de ofender a Dios, que se hace duro
vivir”. Que maravilloso, cuanta santidad refleja esta contestación.
Este anciano no deseaba ir a la eternidad porque estuviera aburrido por los
sufrimientos en la enfermedad, su salud había sido muy buena,
había llegado a los 70 años lleno de fuerza y robustez. No tenía
problemas económicos ni de familia. Decía que se había cumplido en él lo
que pedía Salomón en la Biblia: “Señor: que no me falte ni me sobre.
Porque si me falta me desespero, y si me sobra me puedo olvidar de Dios”.
Lleno
de curiosidad Monseñor le preguntó: ¿Y entonces qué es lo que lo mueve a
dejar este mundo? Para su sorpresa y para la nuestra le dice: Ah Padre, es que
en los sermones he oído hablar tan hermosamente de lo que en el cielo espera
a los que creemos y amamos a Dios. Se nos ha insistido en aquellas palabras de
San Pablo: ni ojo vio; ni oído oyó, lo que Dios tiene preparado para los que
lo aman y nos han dicho que allá no habrá pecado, ni enfermedad, ni dolor,
sino gozo y alegría para siempre. Que en el cielo amaremos y seremos amados
por Dios y por los ángeles y santos. Siempre me emocionaron aquellas palabras
de Jesús: “Me voy a prepararles un sitio, y cuando me haya ido y les haya
preparado un sitio, vendré y me los llevaré conmigo, para donde yo estoy estén
también mis amigos”. Le comentaba aquel buen hombre a San Francisco de
Sales que en este mundo hay tanto peligro de pecar, tantas ocasiones donde
corre peligro nuestra eterna salvación. Cada día se cumple lo que Jesús le
dijo a los apóstoles: “Satanás ha pedido permiso para sacudirlos
violentamente” y aquello otro que dijo en el huerto de Getsemaní: “El Espíritu
está pronto, pero la carne es débil”. Todos tenemos que repetir lo que
afirma San Pablo: “El bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no
quiero hacer ese sí lo hago”. En verdad que se cumple lo que decía el
Santo Job: “La vida del ser humano sobre la tierra es como un servicio
militar. Y lo grave no es que tengamos que sufrir, sino que el demonio da
vuelta alrededor nuestro como león rugiente buscando a quien destrozar, y nos
hiere y nos destroza continuamente.
Como
era de esperarse, cuando aquel sencillo campesino terminó de hablar, Monseñor
Francisco estaba llorando de emoción. No es para menos, el testimonio de este
hombre dice mucho más que muchos libros en los cuales se expliquen los
misterios del cielo y la vida eterna. Así lo declara Monseñor de Sales
cuando dice que aquel día se emocionó más por el cielo y se desilusionó más
de las miserias de esta vida, que si hubiera leído un libro muy espiritual.
Terminó aquel campesino sus días aquí en la tierra entregando su alma al Señor
lleno de paz y reflejando en su rostro el gozoso abrazo con el Señor,
repitiendo las palabras: “Señor,
estoy en tus manos. Haz lo que
quieras”. Dios quiera que nosotros vivamos tan intensamente nuestra relación
con el Señor, que podamos morir como este buen campesino. Que Dios te bendiga.
Temor
a la
Muerte
Por: Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Con gran sabiduría y con mucha fe se
expresa San Francisco de Sales cuando se refiere a ese
fenómeno que nos aterra muchas veces y a la que San
Francisco de Asís le llama la hermana muerte. Cuando alguien
le decía a nuestro Santo que sentía mucho temor a la muerte
a causa de la multitud de pecados que se han cometido
durante la vida, le daba esta hermosa repuesta: "recuerde
que nunca nuestros pecados serán tantos ni tan graves que
logren superar a la infinita misericordia de Nuestro Señor";
añadía la bella noticia del salmo 51: "Un corazón
humillado y arrepentido nunca lo desprecia Dios". Y
le agradaba meditar y hacer que otros meditaran aquellas
frases tan consoladoras del Salmo 130: "Si llevas
cuenta de los pecados, Señor ¿quién podría resistir? Pero de
Ti procede el perdón. Porque del Señor viene la misericordia
y Él redimirá a su pueblo de todos sus pecados".
Cuando alguna persona le decía que la muerte es
horrible, le respondía: "Aunque la muerte sea temible, sin
embargo, lo que viene después de ella es maravilloso. No
olvidemos que Jesús nos ha prometido que quien se llega a el
no lo echa fuera y nosotros vamos a El cada día con nuestras
oraciones y nuestras peticiones de perdón, por lo tanto no
nos echará fuera ni nos alejará de su presencia para siempre".
"A quien venga a Mí, no lo echaré fuera". (Juan 6:37)
Tomando el ejemplo de los santos,
recordaba el caso de San Agustín el cual en su última
enfermedad hizo colgar en las paredes de su habitación en
grandes carteles los salmos escritos en letras gigantes,
para poderlos leer desde su lecho, y esta lectura le llenaba
de confianza. Allí podía leer: "Dichosos los que
confían en el Señor" (Sal. 2,12). "Señor, en
Ti he confiado. No sea yo confundido eternamente" (Sal
31,2). "No serán condenados los que confían en el
Señor Dios" (Sal. 34). En Ti oh Dios he
confiado, por eso no tengo que temer". (Sal. 56,12)
San Francisco narraba el caso de San
Carlos Borromeo el cual mandó colocar frente a su lecho de
moribundo unos cuadros de los misterios dolorosos en los
cuales se representa la Pasión y Muerte de Jesús, y decía:
"La meditación en lo que Jesús sufrió por mí, me anima a
sufrirlo todo por Él y confiarle la salvación de mi alma".
Hemos de tener una gran confianza en el Señor no con terror
sino con gran esperanza. Recordemos aquella frase de San
Juan el Evangelista: "Donde hay amor no hay terror. El
amor perfecto echa fuera el temor, pues el temor mira al
castigo. Mientras uno teme no conoce el amor perfecto".
(1ra. de Juan 4,18). Nos recuerda este gran santo
que vivir llenos de terror por lo que nos espera al final de
la vida demuestra que lo que sentimos hacia el buen Dios no
es amor de hijos cariñosos sino un temor de esclavos
aterrados. Debemos desear la vida futura que no se nos podrá
quitar como leemos en la oración de la Iglesia, liturgia de
las horas para los fieles: "No tienes aquí ciudad permanente,
sino que vamos buscando la futura". (Hebreos 13-14)
Quiero resaltar el hecho de que, ante la
desconfianza en nosotros mismos por tantas debilidades y
miserias que tenemos, debe añadirse una gran confianza en
Dios que es tan generoso, tan comprensivo y que perdona al
pecador arrepentido. Sería bello que se cumpliera en
nosotros lo que dice el salmista "Quien confía en Dios
es como el monte de Sión que no se estremece ante las
tempestades que le combaten". Y no olvidemos lo que
no dice San Pablo: "Creemos que si morimos con Cristo,
también resucitaremos con Él y viviremos en Él para siempre".
(Romanos 8:10-11) Esto nos debe animar a vivir con
más confianza en el Señor y menos temor a la muerte, a ésta
la debemos ver como "regalo de Dios" para encontrarnos con
Él. Pidamos al Señor, todos los
días de nuestra vida, el regalo de una buena y santa muerte.
Ser
devoto y ser malo
Por: Hno. Pascual
Péerez, H.Ch.
El
tema que pretendo desarrollar puede ser para algunos algo increíble y que
suena como imposible que sea cierto, ser muy devoto y muy malo al mismo
tiempo. No estoy hablando de una persona disfrazada de “devoto” un hipócrita
que parece ser devoto pero no lo es. ¿Cómo se explica esto que lo podamos
entender? Me explico. La devoción proviene de la piedad que es una virtud
por medio de la cual sentimos hacia Dios un afecto como el de hijos muy cariñosos.
La devoción es la demostración que hacemos de esa piedad o amor filial que
sentimos. Como dice San Pablo, puede alguien tener una fe tan grande que
logre trasladar montañas y al mismo tiempo no tener caridad
(1ra. Corintios 13) y así como es posible que alguien logre profetizar y
anunciar el futuro, como lo hicieron el profeta Balaam, y el rey Saul y Caifás,
y al mismo tiempo ser personas de mal comportamiento como lo fueron ellos,
de la misma manera puede alguien ser devoto, muy devoto, y al mismo tiempo
malo, muy malo.
Puede
suceder que alguien tenga manifestaciones externas de devoción y fervor y
sienta en su alma afectos hacia Dios y sin embargo siga dejándose dominar
por uno o varios de los siete pecados capitales: orgullo, avaricia,
ira, impureza, gula o pereza, o por otros vicios parecidos.
Lógicamente no se puede decir que una persona es devota si comete
continuamente esas faltas. Eso es sólo apariencia de devoción.
Cuando
la persona se presenta muy devota y piadosa podemos decir que sí es devoción porque la devoción
es sentimiento de veneración hacia Dios y de fervor religioso que se
manifiesta externamente, pero es una devoción que no es provechosa.,
porque una devoción que no consiga la enmienda de la vida no puede
se agradable a Nuestro Señor. Eso nos debe hacer recordar el episodio del
fariseo y el publicano. En
estos casos puede repetir el Creador lo que anunció por medio del profeta
Amós: “Me fastidian sus actos de culto, porque mientras me demuestran
externamente que me tienen amor y veneración, interiormente siguen ofendiéndome
con sus pecados y maldades”. O lo que dijo el profeta Isaías: “¿De qué
le sirve hacer tantas demostraciones externas de piedad y de devoción si
siguen llenos de maldades y no
se convierten de su mala vida?”.
Me
encanta el relato de San Francisco de Sales en su libro 133 consejos.
Un día cuando los enemigos de David entraron en su habitación para
golpearlo y matarlo, después de que se fueron contentos porque lo habían
destrozado a golpes en su lecho, se lo encontraron vivo en la calle porque
Micol la esposa de David, había colocado en la cama una estatua y la había
cubierto con las cobijas y lo que ellos encontraron fue una simple imagen
sin vida y no el verdadero David vivo. Pues así sucede cuando una persona
tiene piedad y devoción y sigue su vida de maldad y de pecado sin demostrar
conversión y progreso en la virtud: lo que hay debajo de todas esas
apariencias de piedad es una espiritualidad muerta, un cadáver de devoción,
pero sin vida ni provecho verdadero. Dios no pide solo comportamientos
externos de devoción sino una
vida según su santa voluntad.
No nos dejemos engañar por las apariencias, una persona puede llevar, para
demostrar una verdadera devoción, una hermosa cruz colgando del cuello,
pero luego cuando llegan las cruces de la vida se dedican a protestar y
renegar. Entonces sí se cumple la anécdota campesina. “La cruz en el
pecho y el diablo en los hechos”. A todo esto podemos añadir la frase con
que Jesús denuncia a los fariseos. “Sepulcros blanqueados por fuera pero
podridos por dentro”. Otra expresión interesante la hace el profeta Isaías.
“No juzgará por las apariencias, ni se decidirá por lo que se dice.
Juzgará con justicia a los débiles y dictará sentencias justas a los
pobres”. Para concluir, nuevamente cito al gran profeta del anuncio mesiánico
en su tan conocido texto: (Isaías 29:13-14), que también nos lo recuerda
San Mateo en su evangelio: “El Señor ha dicho: Este pueblo se acerca a mí
tan solo con palabras, y me honra sólo con los labios, pero su corazón
sigue lejos de mi. Su religión no es más que costumbres y lección
aprendida”. Medita en lo que acabas de leer, no permitas que el maligno te
engañe con su astucia y te haga caer en la trampa, ser devoto pero malo a la vez.
Que Dios te bendiga.
La Santísima
Trinidad
Ppr: Hno.
Pascual Pérez, .Ch.
En el
evangelio de San Mateo, cap. 28:16-20, se nos presenta el mandato claro e
inequívoco de hacer de los hombres auténticos discípulos de Jesús. Por eso
vemos cómo Jesús envía a sus discípulos... "Todo poder se me ha dado
en el cielo y en la tierra. Por eso vayan y hagan que todos los pueblos sean
mis discípulos." Y enseguida nos presenta el misterio trinitario con la
encomienda muy particular a sus discípulos y sucesores: "Bautícenlos,
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a
cumplir todo lo que yo les he encomendado." Las palabras más alentadoras
y confortantes de este evangelio son: “Yo
estoy con ustedes, todos los días hasta que se termine este mundo”.
En el
misterio de la Santísima Trinidad vemos el papel protagónico del Espíritu
Santo en el avivamiento de la primera comunidad cristiana. Un grupo de
pescadores tímidos y sin educación empieza, de repente, a predicar el
Evangelio de Jesucristo con una audacia desconocida; en realidad, les había
ocurrido algo nuevo y distinto algo que solamente Dios podía hacer.
Los seguidores de Jesús fueron “bautizados con el Espíritu Santo”
y por el poder del Espíritu empezaron a construir el reino de Dios y así
cambiaron el curso de la historia humana. Si estamos conscientes de las
acciones del Espíritu en los apóstoles, crecería nuestra fe en que Dios
puede y quiere hacer lo mismo en nuestra propia vida.
Los discípulos dedicados a orar se habían ocultado en aquel lugar que
los Hechos de los Apóstoles llaman el aposento alto de Jerusalén sin poder
olvidar las cosas sorprendentes que habían sucedido en las últimas semanas.
Estaban llenos de terror.
De momento todo cambia cuando de repente sopla un viento fuerte, un ruido
sordo que venía de lejos. La Tercera Persona de la Santísima Trinidad se
posesiona de ellos y desaparece el miedo. Cuando la gente escuchó a estos
israelitas sencillos y sin cultura hablar de las maravillas de Dios en sus
propios idiomas nativos se quedaron muy asombrados. Lo que le había ocurrido
a los discípulos era tan asombroso que no se podían frenar. Luego San Pedro
tomó la palabra impulsado por el Espíritu Santo anunciando a Jesús con tal
pasión y convicción que tres mil personas se unieron a los discípulos ese
mismo día. El Espíritu no solo entró como torbellino en los apóstoles sino
entró personalmente en el corazón de miles de personas. Por este motivo
debemos creer que también desea entrar en cada corazón de cada creyente hoy
día. Esa es la promesa del Padre en Cristo Jesús para nosotros sus hijos muy
amados.
Que
Dios te bendiga.
Vocación Universal a la Santidad
"Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy
santo" (Lv. 19,2). La Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para
América ha querido recordar con vigor a todos los cristianos la importancia de
la doctrina de la vocación universal a la santidad en la Iglesia. Se trata de
uno de los puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del
Concilio Vaticano II. La santidad es la meta del camino de conversión, pues
ésta ‘no es fin en sí misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser
santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en
nuestra vida" (cf. Mat 5,16). En el camino de la santidad Jesucristo es el
punto de referencia y el modelo a imitar. El es ‘el Santo de Dios y fue
reconocido como tal (cf. Mc 1,24). El mismo nos enseña que el corazón de la
santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros (cf.Jn
15,13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en
Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia,
especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc.10,25)ss’.
Jesús, el único camino para la santidad
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn. 14.6).
Con estas palabras Jesús se presenta como el único camino que conduce a la
santidad. Pero el conocimiento concreto de este itinerario se obtiene
principalmente mediante la Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su
predicación. Por ello, la Iglesia en América ‘debe conceder una gran
prioridad a la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por todos
los fieles’. Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce
en la tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio divina, práctica que se
ha de fomentar entre los cristianos. Para los presbíteros, debe constituir un
elemento fundamental en la preparación de sus homilías, especialmente las
dominicales.
La
voluntad de Dios puede ser activa o permisiva
Por: Hno. Pascual Perez
H.Ch.
Me gustaría reflexionar un poco
sobre la importancia de aceptar, y que otros acepten, que cada cosa que sucede
la permite Dios para nuestro bien, como claramente dice san Pablo en Romanos
8:28. "Todo lo que sucede lo permite Dios para el bien de los que
lo aman". Nada sucede, ya sea agradable o ya sea desagradable, que no lo
haya permitido el buen Dios para nuestro mayor bien; todo lo dispone la Divina
Providencia a favor de los que aman a Dios, excepto el pecado.
Permítanme exponer las dos maneras de entender la voluntad de Dios, o sea,
voluntad activa y voluntad permisiva.
Existen dos maneras de ver y
entender la manifestación de la Voluntad Divina. El uno, cuando manda y
ordena que algo suceda. Esto sería la voluntad activa del Señor.
Y el otro, cuando permite que sucedan las cosas. Esto sería la
voluntad permisiva de Dios. Todas las cosas buenas, provechosas para el
alma, suceden por voluntad de Dios, según lo dice el Apóstol Santiago, el
cual afirma: "Toda dádiva buena y todo don perfecto, viene de lo alto,
del Padre de las luces que es Dios". (Santiago 1,17). Pero las cosas
desagradables y dolorosas también vienen de la voluntad de Dios, que con su
voluntad permisiva ha permitido que así sucedan (porque El había podido muy
bien hacer que no sucedieran). Por eso el profeta Amos dice: "¿Es que
puede suceder algo desagradable sin que Dios haya permitido que suceda? Los
mismos males son algo que Dios ha permitido que sucedan" (Amos 3,6).
Por males entendamos aquí los
sucesos dolorosos y desagradables como las enfermedades, los accidentes, los
desastres naturales, la carestía, la guerra, el desempleo, la muerte de seres
queridos, el fracaso en los negocios , etc. Aquí no hablamos de pecado,
porque aunque éste suele ser la causa muchas veces de tantos males que
suceden, sin embargo, él es fruto de la libre voluntad del ser humano,
libertad que Dios nos dio para que podamos así ganarnos el cielo, y seamos
así merecedores de premio o castigo, según sea nuestra conducta.
Es que el pecado no se puede
afirmar que "nos sucede" porque lo que "nos sucede"
es algo que viene de afuera y que no depende de nosotros que suceda o que no
suceda y en cambio el pecado procede de nosotros mismos y en nuestra voluntad
está el cometerlo o el evitarlo. El pecado es algo que sale y procede de
nuestro corazón según lo afirmó Jesús diciendo: "De dentro del
corazón salen los robos, las impurezas, los asesinatos, la ofensas al
prójimo" (Mateo 15,19).
Lograríamos ser muy felices si
nos acostumbráramos a aceptar todo lo que sucede, como algo que proviene de
las manos generosas del buen Dios para nuestro mayor bien, pues como dice el
salmo 144: El sacia de favores a todo viviente. Cuántos consuelos
encontraríamos para hacer más amables y agradables nuestros trabajos y
dificultades si creyéramos que todo lo que nos sucede forma parte de un buen
plan que Dios tiene para nuestro mayor bien. Se cumpliría entonces lo que
dice el escritor sagrado: "A quienes lo aman, el Señor Dios los hace
sacar miel de las rocas y aceite de las más duras piedras". (Deuteronomio
32,13).
Seríamos moderados y humildes
cuando todo nos sucede bien, si creyéramos que esto es sólo un regalo de
Dios, y seríamos pacientes cuando las cosas nos resultan mal si de verdad
estuviéramos convencidos de que así lo permite Nuestro Señor para nuestro
mayor bien, aunque no logremos entender cómo puede ser así, y que aún de
los hechos más desagradables puede resultar mayor gloria para Dios y mayor
provecho para nosotros.
Pensemos en esto de vez en cuando
y reconozcamos la mano de Dios en todas los acontecimientos y veámoslo
colocado en las manos de Dios; "para que Dios sea glorificado en todo"
(Ira. de Pedro 4,11) ese Dios que "nos consuela en todas nuestras
tribulaciones y en nuestros males, para que también nosotros podamos consolar
a otros y sacar bienes de lo que parecen ser males" (2da. Corintios
1,45).
Creo que será muy saludable el
que recodemos las palabras del Santo Job. "Si bendecimos a Dios cuando
nos suceden bienes, ¿Por qué no bendecirlo cuando nos suceden males? Que
Dios te bendiga.
Orando
con la Iglesia
Por:
Hno. Pascual Pérez, H.Ch.
Quiero destacar la importancia que tiene la
oración de la Iglesia en nuestra vida cristiana. Debemos recordar que nuestra
Santa Madre la Iglesia nos invita a orar de forma especial por medio de la
Santa Misa y en segundo término podemos poner el rezo de la "Liturgia de
las Horas". Es muy loable, también, el rezo del Santo Rosario y las
devociones piadosas, todas acompañadas de la lectura de la Palabra Divina.
Por medio del rezo divino podemos vivir más de
cerca y con profundidad la intimidad espiritual con el Señor. En las preces
del primer domingo de la primera semana tomado de las vísperas podemos alabar
y bendecir a nuestro creador diciendo:
"Escucha a tu pueblo, Señor"
Te recomiendo que leas con detenimiento y reflexiones estas peticiones que
te ofrece la Iglesia para tu crecimiento espiritual y para que aprendas a
vivir en la presencia del Señor cada minuto de tu vida.
Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia y que tu pueblo
se alegre en paz.
Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino y que el pueblo
judío sea salvado.
Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia y que sean siempre
fieles a su mutuo amor.
Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores y concédeles la vida eterna.
¿Qué diferente sería nuestra vida si cada día
nuestro corazón estuviera elevado al Señor como sugiere el rezo divino? Les
aseguro que hará una gran diferencia. Nuestra vida se convertirá en un
paraíso aún en medio del dolor y el sufrimiento, porque, como nos dice el
salmista, Jesús es bálsamo consolador. La Iglesia nos invita a comenzar el
rezo de "los Laudes"con un himno que nos llena de gozo, alegría y
esperanza:
Es verdad que las luces del alba del día de hoy son más puras,
radiantes y bellas por gracia de Dios.
Es verdad que yo siento en mi vida, muy dentro de mí , que la gracia de
Dios es mi gracia, que no merecí.
Es verdad que la gracia del Padre, en Cristo Jesús, es la gloria del
hombre y del mundo bañados de luz.
Es verdad que la Pascua de Cristo es pascua por mí, que su muerte y
victoria me dieron eterno vivir.
Viviré en a alabanzas al Padre, que el Hijo me dio, y que el Santo
Paráclito inflame nuestra alma de amor, Amén.
Que lindo sería acostumbrase a vivir en la
presencia de Dios y permanecer en su alabanza, como nos aconsejan los salmos.
San Francisco de Sales nos dice que cuando se daba cuenta de haberse
distraído por unos 20 minutos sin estar en la presencia de Dios, se asustaba
y le pedía perdón al Señor. Si nos remontamos a cuando éramos niños que
estudiamos el catecismo preparándonos para hacer la primera comunión,
recordaremos aquellas palabras, que a mi jamás se me han olvidado. ¿Para
qué Dios te creó? Dios me creó para conocerle, amarle y servirle y luego
gozarle en la vida eterna.
Si nos acostumbramos a ver en cada detalle de
nuestra vida, en cada cosa, en cada criatura, la mano de Dios, todo es
diferente. Creo que tiene mucha razón San Agustín cuando nos dice que
nuestra vida no puede ser plena y feliz hasta no llegar a la plena
realización en Dios. Sin lugar a dudas, una de las frases dentro de la
liturgia por excelencia, la Santa Misa, y que más me llena de alegría, es
aquella que dice: "De Dios venimos, en Dios existimos y hacia El vamos".
Concluimos este primer contacto con la Oración de
la Iglesia reflexionado en las preces de las segundas vísperas. Confiadamente
digamos a Jesús, "venga a nosotros tu reino, Señor".
Señor, amigo de los hombres, has de tu Iglesia instrumento de concordia
y unidad entre ellos y signo de salvación para todos los pueblos.
Protege con tu brazo poderoso al Papa y a todos los obispos y concédeles
trabajar en unidad, amor y paz.
A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestro
Maestro, y dar testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.
Concede, Señor, al mundo el don de la paz y haz que en todos los pueblos
reine la justicia y el bienestar.
Otorga, a los que han muerto, una resurrección gloriosa y haz que los que
aún vivimos en este mundo gocemos un día con ellos de la felicidad eterna.
Con esta reflexión quiero darte una idea de la
riqueza que tenemos en la Iglesia y que tantos hermanos desconocen. Te invito
a inquietarte y comenzar a buscar en el depósito inagotable y tesoro
espiritual de la Iglesia, para conocer, amar y servir al Señor como él se
merece. Que Dios te bendiga.
Muriendo
a nosotros mismos
Cuando eres olvidado, rechazado o dejado de lado a
propósito, y no te afliges ni te dueles con el insulto o con el descuido,
sino que tu corazón está contento, teniendo como valioso el sufrir por
Cristo...
MUERES A TI MISMO
Cuando se habla mal de las cosas buenas que
has hecho, cuando tus deseos son mal interpretados, tu consejo es pasado por
alto, tus opiniones ridiculizadas y no permites que el enojo surja en tu
corazón, ni siquiera tratas de defenderte a ti mismo, sino que lo tomas todo
con paciencia, en silencio amoroso...
MUERES A TI MISMO.
Cuando soportas en forma paciente y amorosa cualquier
desorden, irregularidad, impuntualidad o enojo; cuando te encuentras cara a
cara con lo superfluo, con la insensatez, con la extravagancia, con la
insensibilidad espiritual y permaneces tal como permaneció Jesús...
MUERES A TI MISMO.
Cuando estás contento con cualquier comida, con cualquier
ofrecimiento en cualquier clima, en cualquier sociedad, con cualquier
vestimenta, con cualquier interrupción que esté de acuerdo con la voluntad
de Dios...
MUERES A TI MISMO.
Cuando nunca te preocupas por referirte a ti mismo en la
conversación, o de indicar tus propias palabras buenas, o de anhelar
vehementemente las alabanzas, cuando realmente puedes amar el hecho de ser
desconocido...
MUERES A TI MISMO.
Cuando puedes ver prosperar a tu hermano y ver sus
necesidades satisfechas y puedes, honestamente, regocijarte con él en
espíritu, y no sentir envidia alguna, sin cuestionar a Dios porque tus
necesidades son muchos mayores y en circunstancias desesperadas...
MUERES A TI MISMO.
Cuando puedes recibir corrección y reprensión de alguien
menos importante que tú, y puedes someterte humildemente, tanto interior como
exteriormente, sin que surja ninguna rebelión ni resentimiento dentro de tu
corazón...
MUERES A TI MISMO.
Actualmente, ¿estás muerto? En estos últimos tiempos, el
Espíritu nos lleva a la cruz "a fin de conocerle (a Jesús) llegando a
ser semejante a El en su muerte" (Filipenses 3:10) +
Por: Hno.
Pascual Pérez, H.Ch.
En
mi segundo tema, Orando con la Iglesia, quiero destacar la importancia de la
oración de abandono en los brazos providentes de nuestro Padre Dios. Para
ello te invito a recitar esta jaculatoria en tu oración diaria: “Entremos
en la presencia del Señor dándole gracias”.
De una manera muy bella y elocuente se nos presenta en el rezo divino
en su “himno” de laúdes de la primera semana, el pensamiento que me
interesa compartir en esta reflexión. Creo que será muy saludable, a nuestro
espíritu, elevar nuestro corazón al Señor y decirle: “No se lo que
será del nuevo día que entre luces y sombras viviré, pero se que, si tú
vienes conmigo, no fallará mi fe”. Como puedes ver, en esta oración
se nos invita a abandonarnos en las manos de
Nuestro Señor para que tengamos
una vida llena de luz y no de oscuridad para que nunca falle nuestra
fe. Para que medites e interiorices estos pensamientos, comparto contigo estos
tres versos del himno al que hice mención.
Tal vez me esperan horas de
desierto amargas y sedientas, mas yo sé que, si vienes conmigo, no fallará
mi fe.
Concédeme vivir esta
jornada en paz con mis hermanos mi Dios, al sentarnos los dos para la cena, párteme el pan, Señor.
Recibe, Padre santo,
nuestro ruego, acoge por tu Hijo la oración que
fluye del Espíritu en el alma que sabe de tu amor, Amén.
Te
invito a que le pidas a Jesús que sea el Señor de tu
vida y tenga absoluta autoridad para penetrar en tu interior, quitar,
cambiar y poner tu vida espiritual agradable al Padre. El quiere hacerlo pero
tu tienes que permitírselo, déjalo obrar en tu interior y verás la gloria
de Dios. La Liturgia de las Horas para los fieles contiene todas estas
oraciones, salmos y preces que te ayudará a vivir en la presencia del Señor
y vivir esa relación muy personal con él en cada momento de tu vida.
Deberíamos
meditar diariamente la Palabra de Dios usando este maravilloso medio de oración
que a su vez es formación y guía para nuestras vidas. Fíjate detenidamente
en la lectura breve que se nos presenta el miércoles de la primera semana,
tomado del libro de Tobías: “No hagas a nadie lo que no quieres que te
hagan. Da de tu pan al hambriento y da tus vestidos al desnudo. Busca el
consejo de los prudentes. Bendice al Señor en toda circunstancia, pídele que
sean rectos todos tus caminos y que lleguen a buen fin todas tus sendas y
proyectos”. (Tob. 4:16-17, 19-20”)
Quejas de
Dios...
Me llamas Señor, y no me obedeces,
Me llamas luz, y no me ves,
Me llamas El Camino, y no me sigues,
Me llamas Vida, y no me deseas,
Me llamas Sabio, y no me escuchas,
Me llamas Bello, y no me amas,
Me llamas Rico, y no me pides nada,
Me llamas Eterno, y no me buscas,
Me llamas Bondadoso, y no me confías,
Me llamas Noble, y no me sirves,
Me llamas Dios, y no me temes,
Si Te Condenas No me Culpes.
"Jesús dijo: si me amáis, Guardad mis Mandamientos".
Juan 14:15
Orando con la
Iglesia en Pascua
Por: Hno. Pascual Pérez,
H.Ch.
Ha resucitado el Señor, aleluya, aleluya, aleluya. Hemos
llegado a la solemnidad más grande que celebra la Iglesia en todo el mundo,
la Pascua de la Resurrección. En el conjunto del año litúrgico, la
Cincuentena pascual es el "tiempo fuerte" por excelencia. Todo
cristiano debería celebrar este ciclo como algo diverso de lo días restantes
del año. Celebrar el año cristiano colocando su culminación en estos
cincuenta días de alegría responde muy bien a lo que es el núcleo mismo del
mensaje cristiano: anuncio de alegría, de liberación, de vida nueva.
Una característica muy propia de este ciclo es el hecho de
que el conjunto de los cincuenta días forman una sola y gran fiesta que,
arrancando de la Vigilia pascual, se prolonga hasta la II Vísperas de
Pentecostés.
Verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya; así
comienza la antífona del invitatorio en laúdes del domingo de la pascua de
la Resurrección del Señor. Encontramos en las antífonas una idea de la
magnitud de este evento por excelencia en el plan de salvación. Evento que
sobrepasa a todos los demás pues es la culminación del nacimiento, vida,
pasión y muerte del Señor Jesucristo Nuestro Salvador. Todo el plan de
salvación concluye con la Resurrección. Es la confirmación de todo el plan
de Dios Padre en su infinito amor hacia el hombre caído en el pecado. Es él,
quien cierra con broche de oro para que nadie se pierda, una vez que por
Jesús recibimos la gracia abundante y sobreabundante para nuestra salvación.
Por eso creemos en las promesas de nuestro buen Dios que aparece en las
escrituras. Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina a todo su pueblo
rescatado por su sangre preciosa.
Ha resucitado del sepulcro Nuestro Redentor; cantemos un
himno al Señor nuestro Dios. Leemos en el evangelio de San Juan el famoso
relato Marta y María, un episodio lleno de esperanza para nosotros los
cristianos. Allí vemos que Jesús es la esperanza de vida, según Marta, pues
ella bien sabía que Lázaro resucitaría en el último día. Pero Jesús le
dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mi , aunque
esté muerto, vivirá y el que vive y cree en mi, no morirá para siempre.
Crees esto". La misma situación se nos presenta a nosotros hoy día;
sabemos lo que dicen las Sagradas Escrituras, pero: ¿creemos sinceramente lo
que dice el Señor? Quizá decimos que sí pero en la práctica creo que no
estamos tan seguros pues a veces no nos comportamos como los que viven de
acuerdo a las exigencias del evangelio y, naturalmente, nuestro estilo de vida
deja mucho que desear.
Si echamos un vistazo a la octava de pascua en la liturgia
de las horas encontramos que se repite el miso rezo divino durante toda la
semana y tanto en laúdes como en vísperas se concluye con la siguiente
oración: "Dios nuestro, que en este día nos abriste las puertas
de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a todos
los que celebramos su gloriosa resurrección que, por la nueva vida que tu
Espíritu nos comunica, lleguemos también nosotros a resucitar a la luz de la
vida eterna. Por nuestros Señor Jesucristo, tu Hijo".
Recordemos lo que nos dice San Pedro en su segunda carta. (Nosotros
esperamos según la promesa de Dios "cielos nuevos y tierra nueva",
un mundo en que reinará la justicia. Por eso, queridos hermanos, durante esta
espera, esfuércense para que Dios los halle sin mancha ni culpa, viviendo en
paz. Y consideren que la paciencia del Señor con nosotros es para nuestra
salvación, como ya se lo escribió nuestro querido hermano Pablo, con la
sabiduría que se la ha dado, 2da. de Pedro 3:13-15".) Para que
logremos el resucitar con Cristo tenemos que crecer en la gracia y en el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: a El la gloria, ahora y
hasta el día de la eternidad. Amén. De esta manera concluye la carta de San
Pedro, ofreciéndonos un bello mensaje digno de meditar.
Si de verdad creemos en la resurrección demos una mirada a
la carta a los Hebreos que nos invita a progresar en la santidad. "Procuren
estar en paz con todos y progresen en la santidad, pues sin ella nadie verá
al Señor". Hebreos 12:14. Cuando la Santísima Virgen María nos dijo
hagan lo que él les diga nos estaba invitando a seguir fielmente la Palabra
de Dios, que naturalmente, es sinónimo a obedecer a su Hijo. Por tal motivo
podemos estar seguros que la invitación era a que busquemos las cosas de
arriba como veremos en el siguiente texto. "Así pues, si han sido
resucitados con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo
sentado a la derecha de Dios; piensen en las cosas de arriba, no en las de la
tierra. Pues ustedes han muerto, y su vida está ahora escondida con Cristo en
Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, ustedes también
vendrán a la luz con él, y tendrán parte de su gloria". (Colosenses
3:1-4)
Tenemos un hermoso ejemplo de lo que es vivir la Palabra de
Dios, de manera particular la Pascua de la Resurrección, en nuestro Beato
Carlos Manuel Rodríguez. El supo peregrinar por esta vida esperando y
confiando lograr vivir en la vida eterna la pascua del Señor. Tenemos en
Puerto Rico un laico sencillo pero lleno de la sabiduría de Dios, entendió
lo que era estar de paso, ser peregrino por este mundo con su mirada fija en
el Señor que le alumbraría el camino hacia la eternidad. Carlos Manuel se
distinguió por haber vivido ardientemente la liturgia de la Iglesia Católica.
El vivió de forma particular el misterio de la Pascua del Señor. Por eso
aquellas palabras que nos dejó como regalo: "Vivamos para esa noche"
Te preguntarás, ¿cuál noche?. La noche de la gran vigilia de la Pascua
de la Resurrección. Sigamos su ejemplo y no le fallaremos al Señor, pues
porque él fue fiel, hoy día, lo honramos como nuestro primer Beato Puertorriqueño.
Quiero concluir esta reflexión con el texto que aparece en
la liturgia de las horas en los laúdes del miércoles de la segunda semana
tomada de la carta a los Romanos. "Si verdaderamente hemos muerto con
Cristo, tenemos fe de que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo,
una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene ya
poder sobre él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, mas
su vida es un vivir para Dios. Así también, considerad vosotros que estáis
muertos al pecado, pero que vivís para Dios en unión a Cristo Jesús. (Romanos
6:8-11)." En esta palabra del Señor hemos de fijar nuestra esperanza y
confiar en lo que nos dice Jesús; si estamos muertos al pecado, viviremos
para Dios con Cristo.
VIVIR EL DIA DE HOY
Por: Hno. Pascual
Pérez, H.Ch.
Pienso que muchas veces nos preocupamos demasiado por vivir el futuro,
pensando en lo que tenemos que hacer mañana, el mes próximo y aún peor,
estamos preocupados por lo que vamos a realizar en los próximos años. No
estoy diciendo que no planifiquemos semanal, mensual, y anualmente nuestros
proyectos a realizar, eso está muy bien. Lo que quiero dejar claro es que no
podemos estar preocupados y perdiendo la calma, la paz interior, y afectando a
los nuestros por nuestras preocupaciones injustificadas. Al igual que yo, creo
que has escuchado ese dicho popular que dice: "Cada día trae sus propios
problemas" que, más que un dicho popular, es el mismo Señor quien lo
dice en su palabra. Jesús es aún más especifico cuando nos dice en su
Divina Palabra y con gran sabiduría: "Por eso les digo: No anden
preocupados pensando qué van a comer para seguir viviendo o con qué ropa se
van a vestir. ¿No es más la vida que el alimento y el cuerpo más que la
ropa? Miren como las aves del cielo no siembran, ni cosechan, ni guardan en
bodegas, y el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que las
aves? (Mateo 6:25-26). Cada día trae sus propios problemas, sus
propios trabajos, sus propias luchas. Algunas son grandes y persistentes;
otras son menores mas bien molestias; algunas son previsibles, otras
totalmente inesperadas. De una cosa podemos estar seguros, siempre
habrá pruebas y problemas. De esto puedes estar bien seguro, no lo dudes. Pero
recordemos lo que nos dice el Señor: "Vengan a mí los que se
sientan cargados y agobiados, porque yo los aliviaré" (Mateo 11:28).
A
veces, uno cree que puede resolver sus problemas sin ayuda de nadie, y ni
siquiera se le ocurre pedirle auxilio a Jesús; en otras ocasiones,
simplemente queremos que el Señor haga desaparecer toda dificultad. Pero el
secreto para que nuestros problemas se conviertan en oportunidades es
encomendarse a Cristo y pedirle que El esté con nosotros en medio de las
tribulaciones, dificultades y problemas. No es hacer una oración pidiendo que
el problema desparezca lo que nos hará experimentar el poder de la gracia de
Dios, es someternos a su santa voluntad y permitirle que obre en nosotros para
su mayor honra y gloria; es abandonarnos en sus manos como El lo hizo:
"Padre me abandono en tus manos has conmigo como quieras". Ríndete
a los pies de Jesús y El hará contigo lo mejor que te convenga, puedes estar
seguro que nada malo quiere para ti. Y no olvidemos lo que nos dice San Juan
Evangelista en su evangelio: "Yo soy la Vid y ustedes los ramas. Si
alguien permanece en mí y yo en él, produce mucho fruto: pero sin mí no
pueden hacer nada" (Juan 15:5).
La
Escritura nos ofrece varias muestras de la promesa de que Dios está siempre
con nosotros. El Señor jamás abandonó a los israelitas durante sus 40 años
en el desierto (Éxodo 40:36-38) y Jesús, momentos antes de ascender al cielo,
declaró: "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin de
este mundo" (Mateo 28,20). San Pablo escribió unas palabras muy
alentadoras que nos deben hacer recapacitar cuando estemos preocupados,
desanimados y desalentados. "Estoy seguro que ni la muerte, ni la
vida, ni los ángeles, ni los poderes espirituales, ni el presente , ni el
futuro, ni las fuerzas del universo, sean de los cielos, sean de los abismos,
ni creatura alguna, podrá apartarnos del amor de Dios que encontramos en
Cristo Jesús, nuestro Señor" (Romanos 8:38-39).
Reconociendo la presencia de Jesús hasta en las situaciones más difíciles
es como cuando, en medio de la tormenta, los discípulos vieron al Señor
caminando sobre las aguas: "Ellos querían recibirlo en la barca y en un
momento llegaron a la tierra adonde iban" (Juan 6:21). Así pues, si uno
se encuentra en una tempestad de problemas y, viendo a Jesús, lo invita a
acompañarlo, puedes estar seguro de que llegará a su destino sano y salvo.
El Señor utiliza todas las circunstancias para llevarnos a su lado; por eso,
cada vez que navegamos atravesando mares embravecidos, en nuestro caminar por
esta vida, el milagro de sentirnos reconfortados por la presencia de Cristo
hace que cada travesía valga la pena. Quiero terminar esta corta reflexión
citando lo que nos dice la segunda carta de San Pedro: "Por eso,
queridos hermanos, durante esta espera, esfuércense para que Dios los halle
sin mancha ni culpa, viviendo en paz" (2 de Pedro 3:14).
Mi Relación con
Dios
Por: Hno. Pascual Perez, H. Ch.
Si nos fijamos en los evangelios,
Jesús hace realidad su compromiso de servicio al darse por amor a los demás.
El se da por amor hasta el extremo de dar su vida por la humanidad. Con toda
claridad nos dice en su Palabra: "Yo vine a servir, no a ser servido".
(Ct. Mateo 20:28)
La pregunta que tenemos que hacernos
los cristianos, hoy día, debe ser: ¿A donde lleva el encuentro profundo con
Dios? ¿Que acontece en la vida de aquel que ha llegado a la experiencia de Dios?
A veces nos encontramos que algunos cristianos ofrecen algunas respuestas a
estas preguntas muy negativas y carentes de realidad de lo que es experiencia de
Dios o encuentro profundo. Para ser más explícito pongamos dos ejemplos. (A)
La experiencia de Dios lleva al hombre a las nubes y le hace perder la realidad
en que vive. (B) Cuando lo humano se introduce en lo divino, lo humano deja de
ser humano. A estas respuestas podemos asegurar con certeza que están muy lejos
de la verdad para el hombre que busca a Dios. Porque la búsqueda de Dios se
hace desde la realidad profunda del corazón; y no hay nada más profundo y real
que el corazón humano. Cuando el hombre busca a Dios y Dios le da a conocer su
rostro, el hombre, con la presencia de Dios en su vida, se hace más hombre,
más mujer, más humano; se siente más él mismo porque, al fin, ha encontrado
sus raíces, ha encontrado el espejo en que mirarse y reconocerse. Encontrando a
Dios, se ha encontrado; tocando a Dios, se toca a sí mismo; mirando a Dios, se
ha visto a sí mismo; amando a Dios, ha terminado por amarse, aceptarse como
realmente es criatura de Dios, hijo de Dios de quien le viene el origen, con
quien camina y hacia donde peregrina. En Dios ha encontrado, por fin, toda la
felicidad, todo el bien que andaba buscando.
Hermano y hermana cibernético, este
es tu reto, al igual que el mío y el de todos los cristianos: conocer a Dios,
un Dios revelado en Jesús. Conocer el rostro divino de Dios en el rostro humano
de Jesús. En lo humano del Jesús del Evangelio se irradia la divinidad; de su
rostro emerge el resplandor de la Gloria del Padre; de su mirada transparente y
pura, surge la mirada compasiva y misericordiosa del Padre; de su Palabra
encendida, nos llega la Palabra de Vida Eterna salida de la boca del Padre; de
sus manos amigas, nos llega la abundancia de bendiciones y gracias del Padre.
Quien ve a Jesús, ve al Padre, quien ama a Jesús ama al Padre; quien escucha a
Jesús, escucha al Padre; quien conoce a Jesús, conoce al Padre. Porque el
Padre y el Hijo son una misma cosa, son el único Dios revelado en el fuego del
Espíritu Santo.
Sigue siendo para ti y para mi un
reto que no podemos eludir, amar a Dios en su Hijo Jesús. Amarle como respuesta
al amor primero con que Él nos amó. Amarle en la necesidad más fuerte del
corazón humano, como el apremio más urgente del corazón que busca a un Dios
que lo es Todo. En Dios encontrado, conocido y amado el hombre ha llegado al
sentido profundo de la vida. Ha dado con "el centro" de la vida; ha
dado con "la razón" de la vida que le fue entregada; ha dado con
"la raíz" de la vida de donde viene la vida sin término, la vida
divina, la vida que nunca se acaba.
Mi Dios, el Dios que yo buscaba y
que encontré, es un Dios derramado en plenitud en mi corazón; un Dios que ha
tomado posesión amorosa y gozosa en mi corazón en su Espíritu de Amor. El
amor del Padre y del Hijo ahora, desde el Bautismo, yo lo vivo, yo lo
experimento en el Espíritu de Vida que habita dentro de mí. Mi reto es
peregrinar constantemente hacia el interior, donde Dios, Trinidad de amor, vive,
ama, mora. Esta es la realidad profunda del Dios de los cristianos, del Dios
revelado por el Hijo Amado e interiorizado por la luz y la fuerza del Espíritu
Santo. Esta es la realidad y la certeza más honda: Dios se ha hecho peregrino
del hombre por medio de Jesús, en el Espíritu. Dios ha bajado de lo alto del
cielo enviando a su Hijo único con el fin de que el hombre tenga Vida abundante
en el Espíritu del Padre y del Hijo que ha sido dado sin medida. Yo estoy
marcado, sellado por el Amor de Dios: el Espíritu Santo.
Mi vida humana tiene sentido al
vivirla en unión, en comunión con Jesús, el Hijo de Dios. Mi vida tiene
sentido cuando todo lo que hago lo realizo en unión con Jesús. Mi vida tiene
sentido cuando todo lo vivo en Jesús, con Jesús, en su nombre. Yo quiero hacer
todo "en el nombre de Jesús". Entonces lo que yo hago ya no es
mío, sino de Jesús: mis obras son obras de Jesús, mi amor es amor de Jesús.
De tal manera la fe me ha hecho comunión de vida con Jesús que mi vida es
nueva, mi vida es "vida nueva en Cristo". Con mi vida de fe, yo
le hago presente hoy en la historia; con mi vida de fe yo soy irradiación del
rostro de Dios en Jesús para que los hombres crean en el Hijo y glorifiquen al
Padre del cielo. Con mi vida de fe en Jesús yo me convierto en epifanía, en
revelación de Dios hoy en la historia para que los hombres puedan encontrar al
Dios que buscan.
Mi vida humana tiene sentido cuando,
en comunión con Jesús, yo le pido que me comunique su vida, su amor, la fuerza
del Espíritu Santo. Entonces todo lo que yo hago en comunión con Jesús, lo
hago con el poder, la fuerza del Espíritu de vida. Desde mi debilidad, en
unión con Jesús, actúa su Poder, su Espíritu Santo y así "todo lo
puedo en Aquel que me conforta". El Espíritu de Jesús me lleva a
trabajar fuerte, duro, por el Reino de Dios; me anima, me alienta para construir
la Civilización del Amor; me fortalece, me impulsa para luchar contra el mal a
base del bien; para enfrentar el pecado a base de la gracia; para deshacer las
tinieblas a base de la Luz. Con el Espíritu de Jesús yo sirvo al Reino de la
Iglesia a la mayor Gloria de Dios.
Mi vida humana tiene sentido cundo,
en todo lo que hago en comunión con Jesús bajo el impulso del Espíritu, busco
la "Gloria de Dios", busco que Dios sea alabado, bendecido,
glorificado, reconocido, amado. Toda mi vida se convierte ahora en un canto
maravilloso a la Gloria del Padre. Mi vida tiene una meta: que el Padre esté
contento conmigo, que el Padre se sienta feliz con su hijo. Esto me lleva a "no
mirar nada sino con los ojos de la fe; no hacer nada sino con la mira puesta en
Dios y atribuirlo todo a Dios".
Que nuestro buen Dios nos conceda la
gracia de vivir en esa relación tan linda con nuestro Creador y que nuestra
vida sea una alabanza viva en cada instante y en todo momento a mayor gloria de
Nuestro Señor Jesucristo.
ALGUIEN HABITA EN MI
CORAZON
Por: Hno.
Pascual Pérez, H.Ch.
En este nuevo tema de meditación,
quiero ayudarte a reflexionar por medio de la naturaleza, mirando y
contemplando todo lo que te rodea para que veas en ello la maravillosa mano de
nuestro buen Padre Dios. Es importante que trates de encontrar a Dios en cada
criatura, en cada acontecimiento, en cada situación, en las cosas buenas y en
las menos buenas porque nada fue creado sin Él y todo fue creado por Él.
Como siempre digo, en Dios existimos y hacia Él vamos.
Ahora quiero citar algunos
párrafos del libro "Peregrino del Absoluto" que te serán de gran
ayuda en esta reflexión. "Si la búsqueda de Dios es apasionante; si
encontrar su rostro deslumbra; si ser peregrino de mil caminos hacia el
Absoluto da sentido a una vida; si mirando en la noche las estrellas del cielo
me hacen temblar el corazón porque detrás de ellas está Él; si al escuchar
el canto del ruiseñor mi alma se queda en profundo silencio; si al orar, al
ponerme en contacto con la Biblia, siento que El se hace presente; si al dejar
unos centavos en la mano del niño de la calle siento que en él de los dejé
a Él; si al reunirme en un grupo con unos jóvenes en busca de la verdad
siento su presencia en medio de la comunidad; si cuando me toca el dolor
levanto mi grito sabiendo que Él me escucha y socorre; si al acercarme al
sacerdote en busca de reconciliación siento que su sangre (la de Cristo)
está allí, a mi alcance, para ser perdonado; si celebrando su muerte y
resurrección mi corazón se alegra al experimentar su salvación (la del
Señor Jesús); si... si... por tantos caminos me he encontrado con Él, ahora
quiero peregrinar a mi corazón donde Él – Trinidad de Amor - me espera.
Cuando hoy oraba con la liturgia
del día del Señor me decía que: "El se olvida, de todo corazón, de
mis cosas pasadas", que viviese ahora "con júbilo, como gozo y
alegría". Me invita a experimentarle a El como el Júbilo de mi corazó |