
Devocionario
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"Escucha mi plegaria, ¡oh Rey mío! A ti ruego, Señor, ya de mañana escuchas mi voz. Te dirijo temprano mi oración y luego espero en ti." (Salmo 5:3-4) |
Oremos |
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P adre
nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre. Venga a
nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el
cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. |
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D ios
te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo, bendita tu
eres, entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús,
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, los pecadores, ahora y
en la hora de nuestra muerte. Amén |
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C reo
en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible. |
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D ios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve a ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues Señora, abogada nuestra vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, Oh clemente! O piadosa! Oh dulce Virgen María, Ruega por nosotros Santa Madre de Dios para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén |
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Lector - Oremos |
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V en,
Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre;
don, de tus dones espléndido; luz que penetras las almas; fuente del
mayor consuelo. |
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A rcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la adversidad y asechanza del demonio. Reprímelo Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros malos espíritus que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la adversidad y asechanza del demonio. Reprímelo Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros malos espíritus que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén |
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B endíceme, Niño Jesús y ruega por mí sin cesar. Aleja de mí, hoy y siempre el pecado. Si tropiezo tiende tu mano hacia mí. Si cien veces caigo, cien veces levántame. Si yo te olvido tú no te olvides de mí. Si me dejas Niño, ¿Qué será de mí? En los peligros del mundo asísteme. Quiero vivir y morir bajo tu manto. Quiero que mi vida te haga sonreir. ¡Mírame con compasión no me dejes Jesús mío! Y al fin, sal a recibirme y llévame junto a ti. Tu bendición me acompañe hoy y siempre. Amén |
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S eñor,
hazme un instrumento de tu paz: donde haya odio, lleve yo tu amor; donde
haya ofensa, lleve yo el perdón; donde haya discordia, lleve yo la
unión; donde haya error, lleve yo verdad; donde haya duda, lleve yo la
fe; donde haya desesperación, lleve yo la esperanza; donde haya
tinieblas, lleve yo la luz; donde haya tristeza, lleve yo la alegría. |
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J esús,
Pastor divino de las almas, que llamaste a los apóstoles para
hacerlos pescadores de hombres, atrae hacia ti los corazones ardientes
y generosos de nuestros jóvenes para hacerlos tus seguidores y
ministros. Hazlos partícipe de tu sed de redención universal, por la
cual renuevas tu sacrificio sobre los altares. Tu, Señor, "siempre
vivo para interceder por nosotros", abre ante ellos los
horizontes del mundo entero, donde la silenciosa súplica de tantos
hermanos, pide la luz de la verdad y el calor del amor; para que,
respondiendo a tu llamada, prolonguen aquí en la tierra tu misión,
edifiquen tu Cuerpo Místico que es la Iglesia, y sean "sal de la
tierra y luz del mundo". |
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Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos. Amén |
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¡O h
dulcísimo Jesús crucificado! Alabada sea para siempre la infinita
misericordia con que en esta sagrada imagen habéis querido renovar
los admirables prodigios que durante vuestra vida mortal obrasteis
en favor de la pobre humanidad. A vuestras
sagradas plantas, ¡Oh
Jesús de los Milagros!, cuántos desgraciados han obtenido remedio
a sus males: los enfermos, salud; los afligidos, consuelo; los
pecadores, perdón, y con el perdón, el tesoro inapreciable de
vuestra gracia y amistad. ¡Jamás necesitado os invoco sin recibir
de vuestra inefable caridad auxilio oportuno! También nosotros, ¡Jesús!,
venimos a implorar el infinito poder de vuestra misericordia, y a
pediros remediéis, ante todo, las dolencias, que aflijen nuestras
almas. Por la sed que tuvisteis de redimirnos; por vuestra pasión;
por esa llaga que la lanza abrió en vuestro costado, y que en esta
vuestra imagen venerada renovaron nuestros pecados, perdonadnos y
salvadnos. |
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Oración a la Virgen de la
Merced
Virgen
de los Cautivos
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D ulcísima
siempre Virgen María de la Merced;
madre, abogada, encanto de mi
corazón, embeleso de mi alma; yo no tengo otra esperanza, después
de Jesucristo, que la tuya; tú viniste del cielo a romper cadenas;
tú has de romper las de mis pecados; tú quisiste llamarte María
de la Merced, para llenar de mercedes a los que invocan con este
dulcísimo título. |
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G loriosísimo
apóstol San Judas Tadeo, que fuiste elegido por el Señor para la
alta dignidad del apostolado, y que después de conocer las
terribles pruebas que tenías que padecer por su Santo Nombre,
sufriste tantas tribulaciones, angustias y peligros por su amor, que
levantaste el estandarte de la cruz, siguiendo a tu divino Maestro
en la pobreza, y animado de santo celo por su honra hiciste salir de
los ídolos a los demonios, atrayendo sus adoradores con tu
predicación a la religión del verdadero Dios, sin que te venciese
el temor a la muerte, ni el horror a las prisiones, para predicar su
Santo Evangelio, dando la última prueba de amor con tu sangre,
derramándola en testimonio cierto de la fe, y ceñido con la corona
del martirio recibiste el premio ofrecido a la constancia;
concédeme santo mio la gracia que te pido (Un momento de silencio).
Si es para el mayor honor de nuestro Dios, y Si conviene para el
bien de mi alma. Amén
Señor
Jesús, creemos que estás vivo y resucitado. |
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